Y ella contaba las estrellas cada noche para ver si se movían. Se dio cuenta de que sí y se preguntaba como podría ser que astros tan lejanos y ajenos giraran todos alrededor de uno solo, pequeño e insignificante. Y una noche asombrada halló la respuesta: no estaban los astros entorno a la Tierra, sino la Tierra danzando con ellos.
Entonces saltó de la cama, saliese al balcón y subiese al tejado dónde lo encontraría para contarle llena de euforia su gran descubrimiento. La barba espesa y blanca del abuelo sonrió acariciando el telescopio. "Tu sí que eres una Galilei."