Aquí estoy, dispuesta a embarcar en el ferrocarril
catalán. Las puertas del tren paran justo delante de mí. Se abren. Inspiro.
Entro. Exhalo.
Sólo somos dos en todo el vagón. Un chico adormecido con
los pies apoyados en el asiento de delante y yo. Me pregunto de donde procederá
y, lo más importante, cual debe de ser su destino...
Llego a mi parada. El chico no se baja. Salgo del tren,
me voy, dejo atrás un chico adormecido del que nunca sabré su nombre, su edad
ni su vida.
Cada viaje en tren es un mundo, un mar de rostros,
expresiones y colores que difícilmente volverán a estar así mezclados otra vez.
Como una sinfonía improvisada. Como un buen jazz. Pero que sólo se puede
escuchar observando atentamente. Y que nunca podrá ser recordado con precisa
exactitud. Es la magia del momento. La magia de viajar.
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